El campesino bajo la transgenia by El Contubernio

La naturaleza es imperfecta ¿o acaso no lo demuestra la existencia de pollos de dos patas cuando pudiera haberlos de seis?

Imagínese por un momento que el ganado de su propia granja saliera diariamente de ella y le trajeran importantes emolumentos ¿qué hay de malo en ello? Hasta el activista anti-industrial de turno quedaría maravillado ante tal suceso, y superado definitivamente por la técnica abandonaría su agitación para solicitar una vacante en la industria biotecnológica–que tanto necesita, por cierto, de ex-radicales –

Efectivamente, el campesino volverá a ponerse en marcha. Pero esta vez alegre, con la satisfacción de hacerse todos los días más rico. Se acabó por fin estabular y el pastoreo. La piara, el rebaño y la manada se autorregularán, satisfaciendo sus propias necesidades y procurando ¿por qué no? un importante servicio a la comunidad. Déjenme que les explique: el ganado que les propongo irá directamente al matadero por su propia voluntad, en asientos de primera y pagando ellos mismos el billete ¿es inhumano? Sigue leyendo

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Las Aventuras de Nono by El Contubernio
marzo 13, 2009, 3:50 pm
Filed under: > > Fondo Documental, > Cuentos y Relatos, * Gavre, Juan | Etiquetas:

Este libro fue un clásico de la educación libertaria de principios del siglo XX. Querido, apreciado y deseado por los compañeros, la primera edición en español contó con una tirada de diez mil ejemplares y posteriormente fue reimpreso en varias ocasiones. De su lectura pudieron gozar por primera vez en castellano aquellos jóvenes que asistían a finales de la primera década del siglo a la Escuela Moderna, donde el pedagogo anarquista Ferrer i Guardia había dispuesto preparar la publicación que tradujo Anselmo Lorenzo como libro de lectura.

 

aventuras-de-nono Las aventuras de Nono

de Juan Gavre

Nono es un niño de la época, con las inquietudes propias de su edad. Su particularidad radica en su afán desmedido por la lectura. Vive y sufre los clásicos maltratos de la educación autoritaria, la despótica escuela donde los maestros pegan a los alumnos. Los padres, faltos de medios económicos, no pueden proporcionar al niño tantos libros como devora. Una noche, a la hora de dormir, un hada le ofrece la posibilidad de vivir lo que en un cuento hubiera podido leer. Así empiezan las aventuras de nuestro personaje, que se va a vivir a Autonomía, un lugar utópico donde los niños y las niñas son iguales, donde no existen malos tratos ni castigos y donde se puede gozar de la libertad. Se prodiga el amor por la naturaleza y se transmiten unos valores que poco brillan en el capitalismo: sinceridad, solidaridad, apoyo mutuo… La educación que reciben los infantes no es la absurda que se imparte en el mundo ordinario del que procede Nono, sino que estimula y satisface la curiosidad y las inquietudes de los niños. No se trata de que se aprendan lecciones de memoria, se pretende que realicen estudios personales que aviven la inteligencia y desarrollen la creatividad. Algunos de los ejercicios que hacen en clase ilustran cómo hasta en las materias que aparentemente son más neutras, como pudiera ser el caso de las matemáticas, la sociedad no está exenta de transmitir sus valores ideológicos y creencias. Sigue leyendo



Si los tiburones fuesen hombres – Bertolt Bretch by El Contubernio
enero 30, 2009, 9:57 am
Filed under: > > Fondo Documental, > Cuentos y Relatos, * Bretch Bertolt

[…]

-Si los tiburones fueran hombres –preguntó al señor K la hija pequeña de su patrona–, se portarían mejor con los pececitos?

-Claro que sí –respondió el señor K–. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones.

Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para localizar mejor a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla al coraje y se le otorgaría además el titulo de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños.

Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etcétera. En resumen: si los tiburones fueran hombres, en el mar habría por fin una cultura.

[…]

Historias de Almanaque. Berlín, 1949. Ed. Alianza. Barcelona (España), 1975.



Oscar Wilde- El principe Feliz by El Contubernio
enero 20, 2009, 6:26 am
Filed under: > > Fondo Documental, > Cuentos y Relatos, * Wilde, Oscar

Creo que fue uno de los primeros libros, y pocos, con los que disfrute de pequeño. Me lo regalo mi tía y hasta hace poco tiempo no me había vuelto a acordar de esta joya. Como cambia la lectura con el tiempo.

Un fragmento:

“(…)

La golondrina regresó con el Príncipe.-Ahora que estás ciego, me quedaré contigo para siempre.

-No, golondrina, tienes que ir a Egipto.

-Me quedaré contigo para siempre -dijo la golondrina, y se durmió a sus pies.

El día siguiente lo pasó en el hombro del Príncipe, contándole lo que había visto en lugares extraños. Le habló de los ibises rojos, que permanecen de pie en hileras largas en el Nilo, y que pescan peces dorados con sus picos; de la esfinge, vieja como el mundo, que vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan lentamente junto a sus camellos, con rosarios de ámbar en las manos; del Rey de las Montañas de la Luna, negro como el ébano, y que venera un gran cristal; de la serpiente verde que duerme en la palmera, y que recibe su comida de la mano de veinte sacerdotes, que le dan tortas de miel; y de los pigmeos que navegan por el lago en grandes hojas, y que siempre pelean con las mariposas.

-Golondrina linda, me cuentas cosas asombrosas, pero no hay cosa más asombrosa que el sufrimiento de los seres humanos. No hay mayor misterio que la miseria. Sal a recorrer la ciudad, y cuéntame todo lo que veas.

Y voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos gozando en sus hermosas mansiones, y a los mendigos sentados en las puertas. Voló por los callejones oscuros, y vio las caras pálidas de los niños hambrientos… Debajo de un puente había dos niños que se abrazaban para calentarse.

-¡Qué hambre tenemos! -decían.

-¡Está prohibido sentarse aquí! -les gritó un policía, por lo que tuvieron que caminar bajo la lluvia.

Y la golondrina le contó al Príncipe lo que había visto.

-Mi traje es de oro fino. Lo arrancarás hoja por hoja, y se lo darás a mis pobres; la gente siempre cree que el oro puede hacernos felices.

(…)”

 

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